El papel del dólar
en el Sistema Financiero Internacional es incuestionable, dice Marcó del Pont. |
 EL PLACER DE LLAMARSE EE.UU.
Amo y señor
Los desequilibrios económicos de Estados Unidos definirían
una intervención del FMI. La primacía del dólar en el sistema financiero internacional
le permite esos desajustes. |
Por Alejandro Marco del Pont *
Si algún gobierno al sur del río Bravo tuviera los indicadores que presenta Estados
Unidos en la actualidad, el FMI hubiera pedido a un grupo de notables que intervenga su
economía. Pero dada la forma de financiamiento y votación que tiene el propio organismo
internacional, resultaría por demás insólito que el miembro con mayor contribución
anual de unos 50.849 millones de dólares, y con el mayor número de votos, 17 por ciento,
se autointervenga.
Un déficit en cuenta corriente estimado en cerca de 503.427 millones de dólares, un
agujero presupuestario de entre 300.000 y 400.000 millones en el 2004 y una deuda de 6460
billones de dólares es el escenario que muestra la economía norteamericana para el 2003.
Ante un cuadro de situación de características similares, resultaría a todas luces
inaudito que un país emergente osara imaginar la herejía de sentarse ante el organismo
internacional para plantearle una rebaja en los impuestos. Estados Unidos lo lleva a cabo
y no se le ocurre ni siquiera consultar al organismo financiero.
Una de las virtudes de llamarse Estados Unidos es que cuenta con la capacidad-facilidad de
devaluar el dólar, que no posee ninguno de los países del Primer Mundo, así como de
disminuir sus déficit en cuenta corriente a través de esta caída de su valor,
aumentando de esta manera la competitividad de su economía. Todo esto sin consultar a
ninguno de los actores internacionales. Si bien es cierto que casi la mitad de los bonos
norteamericanos se encuentra en manos de extranjeros, y que podrían esfumarse de Estados
Unidos con una simple orden por computadora, también lo es que los primeros saldrán a un
precio, no así los demás, por lo que es difícil que alguien quiera asumir esta gran
pérdida sin opciones claras a futuro. La desvalorización del dólar avivó la
imaginación teórica con la cual surgió una de las especulaciones en boga, en la cual se
pretende cambiar al dólar por el euro como moneda patrón de mercadería. Y hasta se
llegó a imaginar que una de las consecuencias de la invasión a Irak estaba relacionada
con el cambio de moneda producido por el país árabe en el 2001.
La realidad marca que el déficit en cuenta corriente de Estados Unidos, así como la
licuación de pasivos se está llevando a cabo de la manera más simple, devaluando, lo
que en otras épocas se llamaba poder de señoreaje. La economía norteamericana necesita
exportar más, importar menos y reactivar el alicaído mercado de trabajo y, aunque
parezca extraño para los oídos de quienes presionan con el apodo de mercado, cerrarse
más.
En los últimos veinte años, las cuentas exteriores de la economía estadounidense han
arrojado déficit por cuenta corriente sistemáticos, salvo en 1991, cuando registró
equilibrio. Ese desequilibrio empezó a agudizarse a finales de la década de los
90, iniciándose el 2000 con un déficit por cuenta corriente del 4,5 por ciento del
PBI, que llegará hasta el 4,9 en 2003, según las previsiones recientes de la OCDE.
Las razones que explicarían la conservación del déficit en cuenta corriente sin una
catástrofe para la economía norteamericana se centran en dos argumentos: 1) el papel
estelar del dólar en el Sistema Financiero Internacional, que hace que esa
moneda sea utilizada como medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor a nivel
internacional; 2) el dinamismo de su economía, sobre todo en el ciclo económico
expansivo más largo conocido entre 1992 y 2000, que incrementó su déficit comercial.
El papel del dólar en el Sistema Financiero Internacional es incuestionable. A título
ilustrativo, en el año 2001 las operaciones denominadas en dólares estadounidenses
representaron el 90,4 por ciento de las operaciones totales realizadas en el mercado de
divisas, frente a un 37,6 para las denominadas en euros, un 22,7 para las efectuadas en
yenes y un 13,2 en libras esterlinas. Los porcentajes especificados suman más del ciento
por ciento, ya que en toda operación realizada en el mercado de divisas se contabilizan
las operaciones de compra y venta por separado, sumando en su totalidad un 200 por ciento.
El crecimiento de la economía estadounidense entre 1991 y el 2000 fomentó la demanda de
activos financieros denominados en dólares que, a su vez, incentivó la entrada de
capitales favoreciendo la valorización del dólar y deteriorando la balanza comercial,
que terminó incidiendo en el desequilibrio en cuenta corriente.
Los capitales externos, inversión directa e inversión en cartera estuvieron
estrechamente ligados al auge de sectores de alta tecnología. Esa tendencia cambió en
2001 y la entrada de capitales se ha restringido al endeudamiento del sector privado y las
inversiones en cartera han retrocedido significativamente (explosión de la burbuja
financiera). Todo esto provocó que el país receptor neto de flujos de capital esté
pagando servicios cada vez más elevados.
Pero aun con estos problemas que acarreará, no sólo a la economía norteamericana, sino
a la economía mundial, la capacidad de emisión de dólares y el ingreso de capitales por
parte de quienes tienen superávit con Estados Unidos, como el caso de China, garantiza
que mientras la confianza en el dólar se mantenga el déficit podrá ser manejado.
* Director de KP&M Consultores. |
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